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ÁLVARO DE LUNA

Cantar de Poder y Muerte

Don Álvaro de Luna ha sido sin duda el personaje de mayor entidad que la villa de Cañete ha aportado a la historia. Su trayectoria personal, de bastardo insignificante en una villa de segundo orden al control absoluto del reino más poderoso de la Península, se antojaría inverosímil. Pero sin duda fue Álvaro de Luna personaje de dotes fuera de lo común, como sus propios enemigos (que nunca le faltaron) abundaron en reconocer.

Los orígenes.

Álvaro de Luna nació en Cañete entre 1388 y 1390 (la fecha nunca ha podido establecerse con precisión, aunque tiende más hacia el último año que hacia el primero). Su padre, del mismo nombre, perteneció a una de las grandes ramas de la nobleza aragonesa, emparentada de hacía poco con la poderosa familia castellana de los Albornoz y con importantes intereses en Castilla. Copero mayor del rey Enrique III, fue señor de las villas de Alfaro, Juvera, Cornago y Cañete, además de otros lugares menores.

Su madre fue una mujer del común, María Fernández de Jarana, hembra de rompe y rasga, amén de singular hermosura, esposa del alcaide de la fortaleza de Cañete, Nicolás de Cerezuela, quien tuvo que transigir cuando su señor Don Álvaro la requirió de amores, circunstancia bien común por aquellos tiempos. Los adversarios del valido, con el correr de los años, incidieron sobre el hecho de la baja cuna de la madre, a la que calificaron como "mujer de conducta nada loable" a la vez que le adjudicaban el sambenito de María "La Cañeta" con el que ha pasado a la historia. Sea como fuere, el caso es que el episodio de Don Álvaro no fue el único desliz extramatrimonial de María Fernández, que tuvo (al menos que se sepa) otros dos hijos bastardos.

Nuestro personaje pasó su infancia en Cañete, residiendo probablemente en la fortaleza cuya tenencia ostentaba Nicolás de Cerezuela y teniendo como compañero de correrías al hijo legítimo del alcaide y La Cañeta, Juan de Cerezuela, que años después se beneficiará sobremanera del encumbramiento de su hermanastro. Era Álvaro muchacho de cuerpo escaso, aunque no enclenque, y desde su primera niñez dio muestras de gran inteligencia y perspicacia. La muerte de su padre a los siete u ocho años supuso dejarle sin valedor, pero su tío Juan Martínez de Luna lo sacó de Cañete, se ocupó de que recibiese una educación de caballero y lo remitió al servicio de su también tío, el arzobispo de Toledo Pedro de Luna (el futuro Benedicto XIII, el Papa Luna). A su tío el arzobispo se le debe su nombre definitivo, pues el joven Álvaro recibió al acristianar el nombre de Pedro, por el que fue conocido en Cañete durante todos sus años críos, y que el arzobispo le mudaría en Álvaro en su ceremonia de confirmación en honor a su padre el viejo caballero aragonés.

Unos años después, gracias a la sutileza de Don Álvaro y al peso de la familia, pasó a ser paje del joven rey Juan II (1405-1454) durante su minoría de edad. Acababa de cumplir 18 años.

Privanza y auge.

Aproximadamente quince años mayor que el rey, D. Álvaro supo ganarse de tal manera la confianza y el aprecio del monarca-niño que en pocos años estaba ya al corriente de asuntos de Estado y gozaba de un poder fáctico creciente en el turbulento mundo de la Corte de Castilla. El panorama del momento es especialmente sombrío: una nación en crisis, desgarrada por la desmedida ambición de la nobleza, con un rey menor de edad cuya custodia se repartían las facciones sin que nadie parezca poder poner coto a los grandes señores. Entre estos se hallan los famosos Infantes de Aragón, D. Juan, D. Enrique y D. Pedro, cuñados del rey, hermanos de Alfonso V de Aragón y de Juan I de Navarra y dueños de inmensas heredades en Castilla. En las fronteras, las apetencias de Aragón y del reino navarro eran fuente de inestabilidad constante.

El 7 de marzo de 1419 el rey Don Juan es declarado mayor de edad con 15 años, comenzando un reinado efectivo de 35 años que se verá marcado por una guerra civil endémica y las calamidades derivadas de ella. Como los peores Trastámaras, Juan II se abstendrá de los asuntos de gobierno para dedicarse al cultivo de las artes, campo en el que destacó especialmente, llenando la Corte de literatos ilustres. Su abulia para reinar hará que gradualmente descargue en su amigo íntimo y consejero Don Álvaro las labores de gobierno. Poco a poco, se va haciendo patente para todos en el reino que el privado del rey posee unas dotes políticas excepcionales, además de una considerable falta de escrúpulos y un ansia de medrar a toda prueba.

Los primeros pasos de Don Álvaro en tareas de gobierno son sin embargo prudentes, buscando consolidar su emergente posición. Así procura el consenso entre las diferentes banderías que hasta el momento se habían repartido el poder e intenta aparecer como conciliador y pacificador en nombre del monarca. Ello no le impide contribuir a socavar la posición del mayordomo mayor, Juan Hurtado de Mendoza (otro ilustre personaje relacionado con Cañete) a quien el rey había dejado nominalmente al cargo del gobierno, ayudando a su rápida caída.

Sin embargo, los buenos oficios de Álvaro de Luna no pueden evitar la guerra entre las dos principales facciones nobiliarias, encabezadas cada una por un infante de Aragón, Don Enrique y Don Juan, capaces de levantar sendos ejércitos de varios miles de hombres. El peligro para la monarquía es extremo pues el rey carece de fuerza para contrarrestar a los nobles, que pretenden su control para mantener su primacía en el reino como en los peores años de la minoría de edad. Don Enrique, en un golpe de audacia, entra al frente de sus tropas la noche del 14 de julio de 1420 en Tordesillas, donde se encontraba la Corte, y secuestra al rey y a D. Álvaro.

La situación se vuelve explosiva. El rey y Álvaro de Luna, fuertemente custodiados, inician un peregrinaje por ciudades afectas a Don Enrique (Segovia, Ávila y Talavera). Por su parte Don Juan de Aragón, al saber lo sucedido, reúne un gran ejército para enfrentarse a su hermano antes de que pueda extraer concesiones forzadas del rey. Sus miedos se cumplen: acobardado, Juan II accede a casar a Don Enrique con su hermana Catalina y a otorgarle el Señorío de Villena, enorme dominación fronteriza repleta de poderosas fortalezas. Mientras tanto Álvaro de Luna, en condiciones muy precarias, intriga y establece contactos para procurar la libertad del rey.

El primer triunfo para Don Álvaro se produce el 29 de noviembre. Ayudado por elementos leales consigue la fuga de Talavera del rey y unos pocos caballeros, que rápidamente perseguidos tienen que refugiarse en el gran castillo de Montalbán, cuya fidelidad se había asegurado Don Álvaro. La fortaleza es sitiada por Don Enrique y la guarnición, falta de tiempo para organizar el asedio, afirma que sólo tiene bastimentos para pocos días. Con el tiempo en su contra, el favorito pacta con Don Juan su intervención para alejar de Montalbán a Don Enrique, a la vez que mantiene al rey prudentemente alejado del segundo infante de Aragón, a quien intenta lentamente atraerse con mercedes y prebendas.

El año 1421 marca el crucial equilibrio de poderes entre la Corte (ahora dominada de manera omnímoda por Álvaro de Luna y apoyada por Juan de Aragón) y el infante Enrique, que sigue en rebeldía causando no pocos daños al reino. En 1422 Don Álvaro culmina una de sus intrigas magistrales: con promesas de conciliación atrae a Don Enrique a Madrid con la excusa de atender sus demandas. Devolviendo al de Aragón la audacia de antaño le hace prender con todo su séquito, confisca sus propiedades y comienza por todo el reino la represión de sus partidarios. La mujer del cautivo, Doña Catalina, huye a Aragón poniéndose bajo la protección de Alfonso V. Es el triunfo de Don Álvaro, su encumbramiento definitivo. En reconocimiento a sus manejos Juan II le concede el más preciado de sus títulos, el de Condestable de Castilla, cargo fundamental por sus implicaciones en la organización y dirección del ejército castellano.

El apogeo.

El periodo 1422-1425 marca un periodo de paz y aquietamiento del reino. Con Don Enrique preso y el rey ajeno al gobierno, Don Álvaro acumula un poder absoluto y suma unas rentas personales desmesuradas, incluyendo en su patrimonio personal un sinfín de villas y lugares. El valido comienza también a hacerse grandes enemigos en el universo despiadado de la alta política castellana. En tanto, la situación con Aragón se deteriora gradualmente pues Alfonso V reclama con insistencia la liberación de su hermano, amenazando con desencadenar la guerra con Castilla. Ante la subida de tono de las reclamaciones aragonesas el de Luna decide finalmente la libertad de D. Enrique en 1425 y la restitución de buena parte de sus bienes. El tiempo se encargaría de demostrar lo erróneo de tal medida.

No obstante, tiene Don Álvaro de repente mayores problemas. Celosos de la preeminencia del favorito, una poderosa coalición de nobles fraguada en secreto pide al rey su destitución. Además del apoyo tácito del infante Don Juan de Aragón figuraban en la conspiración personajes de enorme peso: los maestres de Santiago, Calatrava y Alcántara, el Almirante de Castilla, el duque de Arjona, los condes de Haro, Benavente y Castro y algunos miembros influyentes del propio Consejo del Rey. El golpe, que cuenta con los apoyos en la  sombra de Aragón y Navarra, es del todo inesperado para Don Álvaro. También para Juan II, que no tiene coraje para defender a su favorito, a quien ya tanto debía.

Juan II accede a que se nombre en Valladolid una comisión de arbitraje de cuatro miembros para decidir sobre la continuación del gobierno de Don Álvaro. De ellos, tres son encendidos partidarios de la caída del favorito, que dictaminan con una premura casi escandalosa. El de Luna sin embargo reacciona de manera extraña: mientras sus opositores preparan sus tropas para hacer frente a la previsible reacción del favorito, éste rehuye el enfrentamiento, finge acatar la sentencia y se retira pese a los ruegos del rey a su villa de Ayllón. Allí parece abandonar del todo la política y se dedica a administrar sus recién adquiridos señoríos. Sus enemigos, en el fondo aliviados, se desentienden de él.

Apariencias. La maniobra está cuidadosamente calculada. Ante la aplastante superioridad de las fuerzas que se alzan contra él y consciente de que no puede contar con el rey, Don Álvaro se ha plegado al golpe. Pero también lo ha hecho porque conoce a sus adversarios. Efectivamente en pocos meses el gobierno del reino deviene en el caos más absoluto. Incapaces de crear un gobierno sólido y una jefatura única, los grandes nobles disputan entre ellos en la Corte y en un número inacabable de pequeñas guerras locales. Al fin los daños a sus haciendas y su prestigio son tan grandes que acuerdan algo impensable dos años antes: pedir al rey que haga volver a Don Álvaro de Luna a su privanza, para evitar males mayores. La petición - hecho asombroso - está firmada por casi los mismos nobles que hace apenas meses propugnaban la eliminación del favorito. El rey Juan, que llevaba francamente mal la ausencia de su valido, aprobó inmediatamente la petición, aunque el de Luna se la hizo repetir por tres veces antes de aceptar e impuso a los nobles duras condiciones de sometimiento antes de volver al gobierno. Cuando vuelve al poder, una gran recepción de los mismos nobles que lo habían depuesto le recibe triunfalmente en Turégano, en 1428. Comienza el segundo y más largo periodo de gobierno de Don Álvaro, que duraría hasta 1439.

Estos once años, sin embargo, no fueron de paz. El infante Enrique de Aragón, enemigo irreconciliable de D. Álvaro, continúa soliviantando los reinos aprovechando sus lazos familiares en Navarra y Aragón. En 1429 consigue que sus hermanos los reyes de ambos reinos invadan Castilla y ofrezcan la batalla en Cogolludo, extremo que llegó a evitarse. Mientras tanto las fronteras arden y el Condestable penetra en Aragón con el ejército castellano causando numerosos estragos. No pierde el tiempo Don Enrique: con algunas tropas devasta Extremadura, adonde tiene que acudir también Don Álvaro en persona para expulsarle. Los daños en el reino son innumerables, y Juan II decreta la expulsión de Don Enrique y una nueva confiscación de todos sus bienes, así como de todas las propiedades que los reyes de Aragón y Navarra poseen en Castilla. Se firma con Aragón y Navarra una tregua por cinco años. En pago a sus nuevos servicios, el favorito recibe el Maestrazgo de Santiago (1430) el segundo de sus grandes títulos.  

Aquietadas las fronteras, el inquieto Don Álvaro se vuelve hacia el reino de Granada. La tregua vigente con los moros granadinos expira en diciembre de 1430, y Don Álvaro estima conveniente romper hostilidades. El motivo es triple: mantener ocupada en la guerra a la turbulenta nobleza, arrancar algún jirón territorial al vecino del sur, y hacer ostentación del impresionante poderío militar castellano de cara a los demás reinos peninsulares. Iniciados los combates por los capitanes de frontera, Juan II y Don Álvaro acuden a la campaña en la primavera de 1431 con un colosal ejército de 70.000 infantes y 10.000 jinetes, consiguiendo el día 1 de julio la victoria en la Batalla de La Higueruela y causando graves pérdidas al ejército nazarí. La guerra se prolongaría con menor intensidad hasta 1441, con diversos éxitos para los castellanos.

Esta batalla, en la que participó personalmente Don Álvaro, marca el apogeo del favorito, que cuenta con la confianza plena del rey, ha acumulado propiedades sin cuento y se ha convertido en el personaje más poderoso de la Península: Condestable de Castilla, Maestre de Santiago, Conde de Santiesteban, Duque de Trujillo y señor de setenta villas e innumerables lugares por los cuatro rincones del reino castellano. A manos llenas reparte mercedes entre sus partidarios que le suponen nuevas envidias y rencores. A su hermanastro Juan de Cerezuela, hijo del viejo alcaide de Cañete y compañero de sus días de infancia en la villa, lo nombrará arzobispo de Toledo, entre otros cargos.

Los años siguientes son de relativa paz, alterada por alguna maquinación del contumaz infante Don Enrique que, auxiliado por su hermano Don Pedro, trató de reactivar la guerra civil en 1442 desde el castillo de Alburquerque (Badajoz), de donde tuvieron que ser expulsados.

Pero la nueva caída en desgracia de Don Álvaro no viene de la mano de su antiguo enemigo, sino de un nuevo adversario: el influyente Don Pedro Manrique, Adelantado de Castilla. Los orígenes de la enemistad no están claros del todo, pero ambos personajes se enzarzan a partir de 1438 en una pugna que vuelve a encender las turbulencias nobiliarias en el reino, tan trabajosamente sofocadas por el Condestable. Don Pedro, político capaz, aglutina en torno a sí a todos los descontentos con el gobierno de Don Álvaro, que ya son legión. Los incombustibles Infantes de Aragón, atentos a la más mínima fisura en la defensa del favorito, se adhieren rápidamente a la Liga, atrayendo consigo el viejo fantasma de las interferencias navarras y aragonesas. Intimidado por el alcance de los acontecimientos, el asustadizo Juan II se aviene a firmar el Convenio de Castronuño (1439) por el cual Don Álvaro es de nuevo separado del gobierno y desterrado a sus posesiones, esta vez por seis meses.

Los  acontecimientos se precipitan, y son en cierta medida parecidos a lo sucedido en 1425-28. El de Luna se retira, esta vez a su villa de Sepúlveda. Los triunfadores, incapaces de mantenerse unidos salvo en la enemistad a Don Álvaro, se fragmentan en inacabables disensiones internas. El rey evita servirse de ellos para el gobierno, en un rasgo inusual de energía, y se apoya en sus leales de su Consejo, auspiciado en secreto por Don Álvaro. Los sublevados, furiosos, se hacen con varias ciudades del patrimonio real e incluso ganan a su causa al joven Príncipe de Asturias (el futuro Enrique IV), haciendo tal presión sobre el rey que fuerzan a que éste despida a la mayor parte de miembros de su Consejo, decididos partidarios de Don Álvaro. Ni aun así se cortó la comunicación con el favorito, quien desde su retiro alienta al rey a la firmeza. Juan II, decidido por una vez a resistir, mantiene cerrados los resortes del poder a los rebeldes.

Identificada la raíz de sus males, los sublevados se vuelven contra las posesiones del Condestable, intentando si fuese posible hacerse incluso con su persona. Pero Don Álvaro se ha vuelto demasiado fuerte, y en varios enfrentamientos derrota a las fuerzas nobiliarias que invaden sus dominios, llegando a sitiar en Torrijos al propio infante Don Enrique. Éste llama en su auxilio de nuevo a su hermano Juan I de Navarra. La guerra de banderías enciende toda Castilla otra vez, con los numerosos partidarios de Don Álvaro luchando en todos los frentes con sus no menos abundantes enemigos. El talón de Aquiles de Don Álvaro es el rey, que no dispone de los fenomenales recursos bélicos de su favorito, además de ser un político y estratega sumamente mediocre. A comienzos de 1441, Juan II se ve sitiado por los miembros de la Liga en la gran ciudad de Medina del Campo, emporio comercial castellano, donde se guardaba el arsenal real y los trenes de artillería. Conocida su crítica situación, Álvaro de Luna corre en su auxilio, consiguiendo penetrar en la plaza con tropas de refuerzo y alentar la resistencia. El de Cañete comprende que ha cometido un terrible error táctico encerrándose en Medina con lo mejor de su gente, pues compromete al mismo tiempo la cabeza del rey y la suya, dando ocasión a los sublevados de acabar de un golpe con la guerra. Pero no puede hacer otra cosa si quiere evitar la captura del rey y la vuelta a los peores episodios de 1421.

El asedio a Medina del Campo se prolonga. La Liga concentra todos los efectivos y la defensa de la plaza se hace comprometida. La resistencia no está todavía quebrada cuando la traición abre un portillo en los muros, en la madrugada del 29 de junio. Durante todo el día se lucha en las calles furiosamente, hasta que la situación se hace insostenible. El monarca, cuya vida no peligra, pide a Don Álvaro que se abra paso con su gente y huya. El Condestable, ante los ruegos, organiza una salida y gana el campo perdiendo muchos hombres. Irá a refugiarse a su fortaleza de Escalona, a lamerse las heridas y examinar la situación.

Le queda poco margen de maniobra. El rey es hecho prisionero y se convierte en una marioneta de la Liga, controlada por los Infantes de Aragón y con el apoyo explícito del heredero al trono. Juan II se ha visto obligado a firmar el destierro por seis años de su favorito a sus dominios, la expulsión de los resortes de poder de los pocos partidarios de Don Álvaro que aún tenían funciones de gobierno, la revisión de sus actos de gobierno con la reversión de no pocas donaciones. El Condestable conserva sus títulos y sus vastas propiedades, cuya conquista supondría a los conjurados una larga guerra, y un sólido grupo de partidarios que, aunque anulado, podría servirle en un futuro. Pero la situación ahora es demasiado desfavorable, demasiado fuerte el adversario. Hace vida palaciega en sus recintos de Escalona, y espera.

Aguardará Don Álvaro tres años, hasta 1444. Intuyendo la debilidad progresiva de la Liga, siempre tan propensa a caer en la disensión, Don Álvaro atacará de súbito, imprevisto. Ha forjado en el mayor secreto una alianza con los condes de Alba y Haro y el Duque del Infantado. La ha reforzado con el apoyo incondicional del obispo de Ávila, el arrojado Lope de Barrientos, y con los recursos casi ilimitados de la mitra de Toledo, desde donde le apoya su medio hermano Juan de Cerezuela. En el último momento, en una magnífica maniobra política, ha logrado atraerse coyunturalmente a su bando al Príncipe de Asturias y a su poderoso consejero, Juan Pacheco, el de Belmonte. La asonada de Álvaro de Luna coge desprevenidos a todos. Es la desbandada general. Pocas semanas más tarde, Juan II y Don Álvaro se reúnen de nuevo. Pero el de Luna sabe que tiene poco tiempo: repuestos de su sorpresa inicial, los miembros de la Liga se reagrupan para dar la batalla a Juan II y al favorito. En sus dominios, los Infantes de Aragón levantan ejércitos, y los reyes de Navarra y Aragón se aprestan de nuevo a acudir en apoyo de sus hermanos. Los preparativos de ambos bandos duran meses y la batalla va a darse en Olmedo (Valladolid) el 19 de mayo de 1445. La mayor batalla de toda la guerra civil es también el mayor triunfo de Álvaro de Luna, cuyo ejército aplasta a las tropas combinadas de la Liga. Los contingentes navarros y aragoneses huyen en desbandada hacia sus reinos, y el propio infante Don Enrique, el viejo e incansable enemigo, muere en Calatayud de las heridas sufridas en el combate.

Caída y muerte.

La gran victoria de Olmedo es el canto del cisne del Condestable. Calmado el reino a fuerza de bien arruinado, gozará Don Álvaro de algunos años de relativa paz en su último periodo de gobierno, que habría de ser breve y amargo. Las diferencias con el futuro Enrique IV no cesan, y la estrella de Don Juan Pacheco asciende, en tanto que la suya empieza a declinar. Con sesenta años a las espaldas, Don Álvaro es un viejo que empieza a perder la finísima intuición política que le ha procurado el triunfo durante toda su vida. Sus antiguos adversarios han desaparecido, y a los nuevos no llega a conocerlos bien, no los juzga bien. Intuye que una vasta red se urde poco a poco a su alrededor, pero no logra identificar del todo a los culpables. Sabe que de nuevo el Príncipe de Asturias conspira en su contra, ayudado ahora por la nueva reina, Isabel de Portugal, segunda mujer de Juan II, que odia al favorito.

Con el país destrozado, tiene que recurrir a nuevos impuestos para rehacer las arcas del reino. Esta medida lo hará impopular e incluso provocará la sublevación de varias poblaciones, como Toledo. Se ceba injustamente con algunos nobles ajenos a su partido, como el conde de Plasencia, que debe refugiarse en Béjar huyendo de las tropas del valido, dando pie a nuevas conspiraciones. El punto crítico vuelve a alcanzarse cuando ordena el asesinato de Alonso Pérez de Vivero, Contador del Rey. Advenedizo en la alta política y encumbrado por el propio don Álvaro, Don Alonso malpagó lealtades conspirando en contra de su mentor. La muerte del Contador, dictada despiadadamente y ejecutada con  rasgos de crueldad por los sicarios de Álvaro de Luna, daña irreparablemente la imagen del favorito y aglutina aún más a sus adversarios.

En 1453 el ambiente en torno a Don Álvaro está completamente enrarecido. Comprendiendo el declive de su ciclo vital, muchos de sus antiguos partidarios le abandonan. Al rey Juan tampoco le quedan muchos años y es bueno preparar el futuro de cara al próximo monarca, a quien el de Cañete no es grato. Enterado Don Álvaro de las defecciones, le afectan profundamente. El rey, que sabe lo que se está tramando, le aconseja que abandone el cargo y se acomode una temporada en sus dominios, pero a Don Álvaro de los goces de la vida sólo le queda el ejercicio del poder. Rehúsa enérgicamente.

La conspiración que acaba con él es de una sencillez ridícula. El 4 de de mayo está Don Álvaro en Burgos acompañando a su rey. Una vez más de tantas, a lo largo de treinta y cinco años. Comisionado por el Justicia Mayor del Reino, el alcaide Diego de Estúñiga (o de Zúñiga), con alguaciles y gente de armas le prende en nombre de la reina. Él, que puede levantar miles de vasallos, que podría escabullirse o abrirse paso a la fuerza con su nutrida guardia acorazada, se entrega pacíficamente pensando en la intervención del rey Juan. Pero el monarca, viejo y enfermo, hace la última traición y forzado por la reina y el poderoso partido hostil abandona a su consejero. No poco debió influir en el ánimo del rey la posibilidad de echar mano al fabuloso tesoro del valido, a buen recaudo en el castillo de Escalona, donde inmediatamente se atrinchera la familia de Don Álvaro tras su prendimiento.

Tras unos días preso en el castillo de Portillo, el proceso es una farsa, cortas jornadas de juicio frenético con final ineludible en el patíbulo. Álvaro de Luna sube con entereza al cadalso en Valladolid el 2 de junio de 1453, después de una vida que roza lo increíble y de hechos que trascendieron a su tiempo. El bastardo de Cañete había cerrado un ciclo vital que causaría honda huella en sus años y que haría posible que, décadas después, el descendiente de uno de sus más encarnizados enemigos se refiriese a él en un poema inmortal:

       "Pues aquel gran Condestable
       Maestre que conocimos
       tan privado,
       no cumple que de él se hable
       sino sólo que le vimos
       degollado.


       Sus infinitos tesoros,

       sus villas y sus lugares,
       su mandar.
       ¿Qué le fueron sino lloros?
       ¿Qué fueron sino pesares
       al dejar?

Sus enemigos fueron implacables incluso después de la muerte. Su cadáver decapitado fue enterrado en la iglesia de San Andrés de Burgos, donde se daba sepultura a los criminales. Su inmenso patrimonio fue objeto de repartos y rapiña. Sólo con el paso de los años su memoria pudo ser rehabilitada y se trasladaron los restos a Toledo, donde reposan en la actualidad, en la Capilla del Condestable.

Casó Don Álvaro de Luna dos veces. La primera en 1420 con Doña Elvira de Portocarrero, hija del Señor de Moguer, que no le dio hijos. La segunda con 1431 con Doña Juana de Pimentel, hija del conde de Benavente, de la que tuvo dos vástagos, Juan y María, que continuaron su casa. Fue siempre "muy querido de mujeres", con lo que tuvo también dos hijos naturales fuera de los matrimonios, Pedro y María, a los que dotó y proveyó generosamente. Paradojas de los enlaces dinásticos, una de sus nietas casó con el descendiente de Juan Pacheco, más tarde todopoderoso marqués de Villena, quien tuvo mucho que ver en la ruina de Don Álvaro.

Fue sensato y ponderado hombre de letras. De su obra literaria ha trascendido sobre todo el Libro de las Virtuosas y Claras Mujeres, donde se enfrenta a la misoginia moralizante tan extendida en su época. También fue hombre de armas templado y de valor probado, gustoso de entrar en combate al frente de su mesnada, por lo que fue herido de gravedad en dos ocasiones.

Juan II, consumido por los remordimientos, apenas sobrevivió un año a su antiguo amigo y consejero. Entregó el alma en Valladolid, el 21 de julio de 1454.